martes, 1 de agosto de 2017

Un análisis del “enojo” masculino

Por Luis Botello Longgi*


El enojo es una respuesta emocional que social y culturalmente se tolera, alienta y/o espera del varón frente a diversas situaciones en las que se percibe atacado y/o amenazado, o como parte de una supuesta naturaleza masculina. Lo que nos interesa aquí es identificar aspectos de la afectividad vinculados con la construcción de género y que estarían implicados de manera significativa en la generación de escenarios asimétricos de relación.
Partimos de la tesis de que la vida emocional de los varones no está reprimida –visión arraigada en el sentido común–, ya que las emociones no permanecen “contenidas” en espera de salir, como si existieran obstáculos que las trabaran. En cambio, lo que sucede, como lo ha señalado la filósofa Olbeth Hansberg, es que las emociones están ligadas a objetos sociales y mediadas por la normativa social.
La masculinidad conforma la afectividad de manera que el mayor despliegue afectivo de los varones está ligado a objetos públicos de su entorno como el éxito, metas y logros socialmente valorados, como ha escrito Michael Kaufman. En estos espacios la afectividad se pone al servicio de una identidad de género masculina estructurada en torno a un yo exterior, activo, creador de sentidos orientados por el reconocimiento social.
Durante el proceso de interacción social, los varones despliegan lo que denomino discriminaciones emocionales pre-reflexivas, que son maniobras afectivas no intencionales que ligan la afectividad a objetos sociales. Esta ligazón no se produce al azar, está orientada por normativas masculinas. Las discriminaciones emocionales pre-reflexivas son mecanismos de desplazamiento, delegación y subyugación afectiva, que muestran que las emociones, lejos de estar “reprimidas”, se direccionan y delimitan según márgenes permitidos por relaciones de poder establecidas.
En otro nivel, los varones suelen delegar en las mujeres para que ellas sean las responsables de los escenarios afectivos íntimos (por ejemplo, la atención a la vida en pareja). En este escenario la mujer se convierte en “traductora emocional” de las emociones del varón. Cuando un varón no comparte en algún nivel comunicativo sus afectos íntimos se debe a que a través del silencio se evidencia también este tipo de economía afectiva.

continua...........

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